Topicazo, pero, por mucho que te hayan explicado, por mucho que hayas leido o visto, hasta que no pisas las calles de Delhi, no te empiezas a dar cuenta de donde te has metido. Es imposible llegar preparado para lo que te epera. El impacto de los primeros minutos/ horas es brutal, se necesita tiempo para sólo empezar a digerir, asimilar, lo que significa la India. Lo lejano Oriente que estamos. Yo a mi favor tenía más preparación previa y falta de olfato; la María en su contra tenía, mayor sensibilidad y más cansancio físico (no es buena idea llegar a Delhi por primera vez después de casi 48 horas sin dormir). En consecuencia, creo que encajé mejor el golpe inicial (lo cual no quiere decir nada). No soy capaz de describir el caos que es esa ciudad. A las 7 de la mañana ya había miles y miles de personas por todos lados, y de todos los tipos. Todo es bullicio, como si los acabaran de bombardear o hubiera habido un terremoto hace unos días..
Los trámites para pasar la aduana del aeropuerto se hacen rápido, luego cambiamos 100 euros y cogimos un taxi prepaid, gran sistema que ayuda mucho al turista novato en la ciudad. Al del taxi le dijimos que nos llevara a Old Delhi Train Station, para conocer el terreno por el cual a las 17:30 teníamos que pillar la que en principio sería la mayor paliza de este viaje: más de 17 horas de tren hasta Jaisalmer (supone cruzar en horizontal medio país, hasta casi la frontera con Pakistán). Mucho calor, sudor, gente que nos mira, monos, mierda, rickshaws, bocinas, socavones, niños con uniforme …. Estudiamos como es la estación, dejamos la maleta en los “lockers” (= señor que, tras unos minutos de espera, te mira, unta la maleta con cola, la deja en una estantería y te da un papelito), y salimos hacía el Fuerte Rojo con la idea de ver un monumento y huir de las multitudes.
Para llegar de la estación al fuerte, mirando el mapa, si fuera una ciudad occidental, calcularía unos 10 minutos andando, pero, esto es India y más nos valía coger nuestro primer rickshaw motorizado (de momento la María me veta los de bicicleta). Primeros regateos, y para mi, una agradable experiencia, son más estables por dentro de lo que parece por fuera, aunque la hostia se está rifando continuamente… con nuestra buena suerte últimamente, ya veremos en los próximos días. Además como casi todo aquí si haces calculo el precio es ridículo (en este caso, 30 rupias, a unos 20 céntimos de euro por persona).
El Fuerte Rojo es uno de los múltiples que caerán en este viaje. Este lo hizo el mismo emperador mogol que se curró el Taj Mahal. Fue símbolo de dominio extranjero siempre, también durante la ocupación inglesa y por tanto, uno de los momentos cumbres en la lucha por la independencia de la India, fue cuando en 1947 finalmente pudieron izar su bandera en el palo mayor del fuerte. Hoy sigue ahí esa bandera, rodeada de militares por todos lados, no sé si será la tónica de todos los monumentos o es porque este es epecialmente simbólico.
500 rupias por entrar (deu n’hi do), ni rasstro de audioguías, nos hacen dejar el portátil en la consigna y bajo un sol abrasador pero que por la contaminación no se ve, a visitar el fuerte. A mi me ha gustado mucho, recuerda el palacio Topkapi (Istanbul) porque vas pasando edificio /jardín/ edificio. De momento no se matan en consevarlo, supongo que les pilla todavía lejos en la lista de prioridades el tener cuidados los monumentos. Llama la atención el número de turistas de la propia India . Vamos viendo subedificios con un par de paraditas de relax, pero acabamos saliendo en poco más de una hora porque el peligro de deshidratación y desfallecimiento empieza a ser real.
En cuanto volvemos a pisar la calle fuera del Fuerte, vuelve el caos, el agobio, el estrés, etc… (seguimos digeriendo). Nos cuesta encontrar agua por el tema del regateo y por la desconfianza a los supuestos precintos de las botellas y acabamos en un McDonalds pidiendo una cocacola y 2 botellas de agua. Entre otras razones, cuesta encontrar agua porque estamos viendo que está todo petado de fuentes (o más bien caños) públicas donde los indios beben sin parar. Pero claro, estos tíos llevan aquí miles de años y tienen estómagos de acero. Nosotros como buenos turistas occidentales instruidos no utilizaremos el agua corriente ni para lavarnos los dientes.
Del McDonalds vamos a un templo jainista que está en la misma calle, que resulta que es la principal de Old Delhi y que como no …es un caos total: incluyendo decenas de personans durmiendo tirados por la calle a las 12 de la mañana. Templo pequeño y bonito donde nos hacen descalzarnos. Yo subo a la planta de arriba y veo 3 o 4 rezando y haciendo un ritual raro con unas velas y una campana.
Solo nos queda una cosa en Delhi antes de largarnos para volver cuando estemos más rodados: comer. Por criterio de proximidad geográfica y porque siempre que sea posible vamos a aplicar la política de no salirnos de la Lonely Planet, el elegido fue el “Harajnis”, nada del otro mundo, pero que visto lo que le rodea, sería del nivel del Bulli. Nos pedimos dos pizzas, el que me cobra me estafa 20 rupias y descansamos un buen rato con aire acondicionado. Por cierto, resulta que según un poster que tenían son toda una franquicia internacional con sede incluida en Barcelona, habrá que buscar la calle más cutre del raval pues.
Con energias renovadas salimos del Harajnis con la idea de pillar un rickshaw directo a la estación y esperar allí pacientemente que pasen unas 4 horitas hasta que salga el Jaisalmer Express. Pactamos con nosotros mismos un precio del que no nos bajaremos del burro porque es lo que dicen los expertos que es lo que se ha de pagar por desplazamiento en rickshaw: 30 rupias. Por poco no llegamos caminando a la estación: más de 10 señores recharazon nuestra oferta…. No entiendo nada. Finalmente, un chaval joven sí que nos llevó, aunque se curró una ruta alternativa que consiguió rizar el rizo del caos de tráfico, con nuevas y más barrocas avenidas.
Cruzamos la estación de punta a punta, esquivamos cuerpos humanos, líquidos que mejor no saber que son, insectos mil y finalmente llegamos al garito de los lockers, 20 rupias, recuperamos nuestras mochilas, y cual marqueses, nos metimos en la “sala de espera VIP” exclusiva para los que viajan en las mejores categorías de los trenes. La sala en cuestión se componía de unos 10 bancos de hierro y eso sí un aire acondicionado molt ben parit y lo mejor de todo, unas horas de evitar el bullicio que hemos dejado al otro lado de la puerta.
Una media hora antes de la salida programada, ya vemos el tren en la vía. Un poco cagados, porque es el primero, y sólo tenemos un billete electrónico imprimido desde España hace un par de meses. En las puertas de cada vagón hay un listado con los pasajeros, momento de pánico al ver el que creía que era nuetro vagón y no estaba el nombre, pero dos más allá, sí que era el correcto y podemos respirar tranquilos.
Como pone los nombres, podemos marujear que de las 20 personas del vagón 13 son indios, 3 japos, 2 americanos y nosotros.
En nuestro compartimento de 4 nos toca con dos indios: uno que solo abrió la boca para tirarse un par de eructos, y otro que resultó parlanchín, en las 17 horas compartidas entre otras cosas nos explicó el sistema educativo indio, un resumen de la historia india del siglo XX y algún apunte gastronómico.
La experiencia del tren nos ha encantado. Tiene pinta que ha sido un acierto importante. Los vagones son cómodos, tranquilos y bien refrigerados, se duerme bien y los paisajes humanos que se ven por la ventana no aburren aunque te pases horas mirando. Además, este salió al segundo exacto programado, y también llegó a su hora.
Cuando anochechió vimos algún capítulo de How I met en el ordenador y por fin a dormir después de muchas horas…
Los trámites para pasar la aduana del aeropuerto se hacen rápido, luego cambiamos 100 euros y cogimos un taxi prepaid, gran sistema que ayuda mucho al turista novato en la ciudad. Al del taxi le dijimos que nos llevara a Old Delhi Train Station, para conocer el terreno por el cual a las 17:30 teníamos que pillar la que en principio sería la mayor paliza de este viaje: más de 17 horas de tren hasta Jaisalmer (supone cruzar en horizontal medio país, hasta casi la frontera con Pakistán). Mucho calor, sudor, gente que nos mira, monos, mierda, rickshaws, bocinas, socavones, niños con uniforme …. Estudiamos como es la estación, dejamos la maleta en los “lockers” (= señor que, tras unos minutos de espera, te mira, unta la maleta con cola, la deja en una estantería y te da un papelito), y salimos hacía el Fuerte Rojo con la idea de ver un monumento y huir de las multitudes.
Para llegar de la estación al fuerte, mirando el mapa, si fuera una ciudad occidental, calcularía unos 10 minutos andando, pero, esto es India y más nos valía coger nuestro primer rickshaw motorizado (de momento la María me veta los de bicicleta). Primeros regateos, y para mi, una agradable experiencia, son más estables por dentro de lo que parece por fuera, aunque la hostia se está rifando continuamente… con nuestra buena suerte últimamente, ya veremos en los próximos días. Además como casi todo aquí si haces calculo el precio es ridículo (en este caso, 30 rupias, a unos 20 céntimos de euro por persona).
El Fuerte Rojo es uno de los múltiples que caerán en este viaje. Este lo hizo el mismo emperador mogol que se curró el Taj Mahal. Fue símbolo de dominio extranjero siempre, también durante la ocupación inglesa y por tanto, uno de los momentos cumbres en la lucha por la independencia de la India, fue cuando en 1947 finalmente pudieron izar su bandera en el palo mayor del fuerte. Hoy sigue ahí esa bandera, rodeada de militares por todos lados, no sé si será la tónica de todos los monumentos o es porque este es epecialmente simbólico.
500 rupias por entrar (deu n’hi do), ni rasstro de audioguías, nos hacen dejar el portátil en la consigna y bajo un sol abrasador pero que por la contaminación no se ve, a visitar el fuerte. A mi me ha gustado mucho, recuerda el palacio Topkapi (Istanbul) porque vas pasando edificio /jardín/ edificio. De momento no se matan en consevarlo, supongo que les pilla todavía lejos en la lista de prioridades el tener cuidados los monumentos. Llama la atención el número de turistas de la propia India . Vamos viendo subedificios con un par de paraditas de relax, pero acabamos saliendo en poco más de una hora porque el peligro de deshidratación y desfallecimiento empieza a ser real.
En cuanto volvemos a pisar la calle fuera del Fuerte, vuelve el caos, el agobio, el estrés, etc… (seguimos digeriendo). Nos cuesta encontrar agua por el tema del regateo y por la desconfianza a los supuestos precintos de las botellas y acabamos en un McDonalds pidiendo una cocacola y 2 botellas de agua. Entre otras razones, cuesta encontrar agua porque estamos viendo que está todo petado de fuentes (o más bien caños) públicas donde los indios beben sin parar. Pero claro, estos tíos llevan aquí miles de años y tienen estómagos de acero. Nosotros como buenos turistas occidentales instruidos no utilizaremos el agua corriente ni para lavarnos los dientes.
Del McDonalds vamos a un templo jainista que está en la misma calle, que resulta que es la principal de Old Delhi y que como no …es un caos total: incluyendo decenas de personans durmiendo tirados por la calle a las 12 de la mañana. Templo pequeño y bonito donde nos hacen descalzarnos. Yo subo a la planta de arriba y veo 3 o 4 rezando y haciendo un ritual raro con unas velas y una campana.
Solo nos queda una cosa en Delhi antes de largarnos para volver cuando estemos más rodados: comer. Por criterio de proximidad geográfica y porque siempre que sea posible vamos a aplicar la política de no salirnos de la Lonely Planet, el elegido fue el “Harajnis”, nada del otro mundo, pero que visto lo que le rodea, sería del nivel del Bulli. Nos pedimos dos pizzas, el que me cobra me estafa 20 rupias y descansamos un buen rato con aire acondicionado. Por cierto, resulta que según un poster que tenían son toda una franquicia internacional con sede incluida en Barcelona, habrá que buscar la calle más cutre del raval pues.
Con energias renovadas salimos del Harajnis con la idea de pillar un rickshaw directo a la estación y esperar allí pacientemente que pasen unas 4 horitas hasta que salga el Jaisalmer Express. Pactamos con nosotros mismos un precio del que no nos bajaremos del burro porque es lo que dicen los expertos que es lo que se ha de pagar por desplazamiento en rickshaw: 30 rupias. Por poco no llegamos caminando a la estación: más de 10 señores recharazon nuestra oferta…. No entiendo nada. Finalmente, un chaval joven sí que nos llevó, aunque se curró una ruta alternativa que consiguió rizar el rizo del caos de tráfico, con nuevas y más barrocas avenidas.
Cruzamos la estación de punta a punta, esquivamos cuerpos humanos, líquidos que mejor no saber que son, insectos mil y finalmente llegamos al garito de los lockers, 20 rupias, recuperamos nuestras mochilas, y cual marqueses, nos metimos en la “sala de espera VIP” exclusiva para los que viajan en las mejores categorías de los trenes. La sala en cuestión se componía de unos 10 bancos de hierro y eso sí un aire acondicionado molt ben parit y lo mejor de todo, unas horas de evitar el bullicio que hemos dejado al otro lado de la puerta.
Una media hora antes de la salida programada, ya vemos el tren en la vía. Un poco cagados, porque es el primero, y sólo tenemos un billete electrónico imprimido desde España hace un par de meses. En las puertas de cada vagón hay un listado con los pasajeros, momento de pánico al ver el que creía que era nuetro vagón y no estaba el nombre, pero dos más allá, sí que era el correcto y podemos respirar tranquilos.
Como pone los nombres, podemos marujear que de las 20 personas del vagón 13 son indios, 3 japos, 2 americanos y nosotros.
En nuestro compartimento de 4 nos toca con dos indios: uno que solo abrió la boca para tirarse un par de eructos, y otro que resultó parlanchín, en las 17 horas compartidas entre otras cosas nos explicó el sistema educativo indio, un resumen de la historia india del siglo XX y algún apunte gastronómico.
La experiencia del tren nos ha encantado. Tiene pinta que ha sido un acierto importante. Los vagones son cómodos, tranquilos y bien refrigerados, se duerme bien y los paisajes humanos que se ven por la ventana no aburren aunque te pases horas mirando. Además, este salió al segundo exacto programado, y también llegó a su hora.
Cuando anochechió vimos algún capítulo de How I met en el ordenador y por fin a dormir después de muchas horas…
Ei, avui he descobert blog, magistralment escrit i divertidissim.ptons des menorca.martins.
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