A las 9 de la mañana habíamos quedado con Sonu, un indio con el que hicimos ayer un viaje corto en su rickshaw, nos pareció diferente a los demás, y aceptamos su oferta para llevarnos al Amber Fort (que es a donde vamos todos los turistas el 2º día que estamos en Jaipur y, por eso, los de los rickshaws se ofrecen por anticipado). Este es un tío simpático, que sonríe mucho, que no agobia y sobretodo que conduce tranquilo y sin usar la bocina continuamente. Para convencernos nos enseñó su libreta de buenas referencias escrita por guiris de todo el mundo que han tenido experiencias positivas con él, había varios españoles flipadísimos que le mandan cartas y no paran de invitarle a España.
Arrancamos hacia el fuerte de Amber que está a poco más de 10 kilómetros de Jaipur. A medio camino se le pincha la rueda y toca parar a arreglarla. La suerte es que justo ha coincidido que estamos delante del Jal Mahal un pequeño palacio en medio de un lago que teníamos previsto parar al volver. Así que aprovechamos para verlo lo más cerca que se puede y echar las fotos. Mientras tanto, Sonu ya ha conseguido dos piedras para hacer de gato y un chaval que le ayude. La rueda la cambian rápido, pero para poner el parche a la pinchada se tiran media hora en la que aprovechamos para desayunar en una gasolinera que hay cerca.
Reemprendemos la marcha, a 1 km del final nos para en la cuneta para bajar a hacernos unas fotos en las que ya se puede ver el fuerte… ventajas de llevar un conductor simpático. Pero nuestra relación con Sonu empieza a deteriorarse cuando le decimos que vamos a subir al fuerte en elefante, que no nos importa pagar lo que haya que pagar, porque nos gusta gastar nuestro dinero en esas cosas y no en compras. Aun así nos advierte que no compremos nada dentro, que todo es de mala calidad, que el conoce sitios excelentes y baratísimos en los que además no presionan nunca al turista. Este pobre no se da cuenta todavía con quien se ha topado…
El fuerte de Amber es espectacular como lo son muchos por aquí. En realidad es un fuerte, más un palacio, más otros dos fuertes muy cercanos, más unas murallas en el lado opuesto de la montaña, más un lago artificial en la base. Todo en un valle un poco apartado. Muy bonito. Pero lo que hace especial a éste respecto al resto, es que para llegar a la puerta principal, el kilómetro de subida, se puede hacer en elefante. Como la cosa triunfa, se han subido a la parra y casi han duplicado el precio en los últimos años, es con diferencia, lo más desproporcionado que pagaremos en este país, pero hay que aplicar lo de que son cosas que se hacen una vez en la vida.
Nos subimos al elefante y para arriba. Es divertido, el animal va subiendo haciendo diagonales y tambaleándose, tranquílo. A mi me daba miedo alguna cosa que había leido sobre que estos elefantes están maltratados, explotados, etc. Quizás ha mejorado la situación recientemente, porque no me dio la sensación. Dentro de lo que es la India, estaban limpios, se les veía sanos y el párking donde se empieza, no era agobiante. Muchos seres humanos por aquí viven en peores condiciones. Cuando bajan solos sin turistas, van felices comiendo hierba y moviendo la cola. Igual es porque es temporada baja y al haber menor número de elefantes preparados, los pueden cuidar mejor. Resumiendo: toda una experiencia entrar por el porticón de un fuerte medieval a lomos de un elefante.
La visita al fuerte en sí, la hacemos a nuestro ritmo relajado, con la audioguía, y también salimos contentos. Al salir, compramos la típica foto tipo Port Aventura que nos habían hecho mientras subíamos con el elefante y bajamos caminando a reencontranos con Sonu.
Ahora, el tío pone toda la carne en el asador, y nos intenta convencer para ir a ver tiendas, pero fracasa. Como era previsible, cambio de actitud, no pasa a borde, pero desaparece el tío simpático.. Le decimos que simplemente nos vuelva a la ciudad y nos deje en el Mac Donald’s (no tenemos los estómagos como para jugárnosla). Como ve que no le queda otra, se pone a conducir,. Aun hace dos intentos más. Primero, nos para en un mirador para que echemos fotos, mientras nos da información cultural sobre Jaipur que deriva casualmente en que conoce a uno que tiene unas telas buenísimas que nos enseñará todo el proceso de elaboración sin pedir nada a cambio… declinamos una vez más su ofrecimiento. Y su último intento a la desesperada, ya en la ciudad, es pararnos delante de la tienda de un amigo suyo que vive medio año en Madrid y que le gusta mucho hablar con españoles. Tampoco cuela. Nos lleva donde toca, le pagamos y adiós (por la mañana nos había recibido con abrazos, ahora ni nos da la mano). Pese a lo escrito, para mi no fue una experiencia desagradable, creo que es lo máximo que podemos conseguir de cercanía con un indio con el que al fin y al cabo sólo te relacionas un rato mientras él está trabajando. Y mientras estaba simpático, fue muy interesante estar con él.
Después de comer, internet para intentar reservar los hoteles que nos faltan en nuestra ruta, pero a la María le vienen retortijones y como me ha salido especialita, no le gusta cagar de pié, en lavabos mugrientos y sin papel, y hay que volver urgentemente al hotel.
Ya no salimos más en todo el día. La María sigue con sus problemas estomacales, además el agobio de la India le ha desbordado, y va bien aislarse unas horas para que baje el nivel de las aguas.
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